Blog del Dr. García Cruz

@drgarciacruz

17 Febrero, 2014

Disfunciones sexuales y terapia sexual

sexualidad

La definición de conducta sexual normal, deriva de los estudios científicos sobre sexualidad humana, realizados por el equipo de Alfred Kinsey en los Estados Unidos de América, y publicados en los años 50. Su trabajo consistió en el análisis de las respuestas a encuestas administradas a cerca de 18.000 personas, pidiendo información sobre su actividad sexual. Una de las informaciones más significativas derivadas del Informe Kinsey, fue evidenciar las grandes diferencias entre el comportamiento sexual esperado o deseado según criterios o convenciones sociales exigidas y el comportamiento “real” manifestado en las encuestas anónimas.

El otro estudio de referencia es el realizado por W. Masters y V. Johnson en los años 70, también en los Estados Unidos. Su investigación consistió en un trabajo de obervación de la conducta durante la actividad sexual en parejas de humanos, analizando más de 10.000 ciclos de respuesta en hombres y mujeres desde 18 a 89 años. Fijándose en los aspectos fisiológicos de la actividad o respuesta sexual, y a través de la medida de diversas variables biológicas como tasa cardíaca, tensión arterial y tensión muscular, otros cambios biológicos debidos a la vaso-congestión (turgencia, tumescencia, contracciones musculares, etc.), identificaron diferentes fases en el ciclo de la respuesta sexual, que evoluciona desde la fase de “deseo-excitación”, a la de “resolución”, pasando por la fase llamada “meseta” y la del “orgasmo”. Entonces identificaron también algunas características específicas al género, que diferencian la respuesta sexual femenina de la masculina. A la vez, Masters y Johnson también recogieron información sobre otros factores o condiciones que influyeron en la conducta sexual, y es a partir de este trabajo que se empiezan a tener en consideración la repercusión de variables “psicológicas” en la actividad sexual: Importancia de los estímulos eróticos y de las preferencias individuales (tanto ambientales o físicas, como fantasías y deseos), confianza y seguridad en uno mismo en la pareja sexual, comodidad física, disponibilidad de tiempo, experiencias previas, expectativas diversas (éxito social, poder económico, seducción y admiración, afecto, placer, vergüenza,…).

Esta nueva perspectiva hace necesaria la definición consensuada del que se considera una “disfunción sexual”. Se entiende que es una alteración persistente, es decir, no esporádica o ocasional y sí continuada en el tiempo, de la conducta sexual que manifiesta la persona en cualquiera de las fases del ciclo de respuesta sexual descritas, y/o en la satisfacción individual y la compartida con la pareja sexual. Las disfunciones se denominan y clasifican según la fase de la respuesta que está alterada y el género de la persona afectada.

Por lo tanto, en Sexología, el concepto de conducta normal solo se puede entender desde una perspectiva muy amplia y no tiene cabida la consideración estadística de normalidad que la asocia a lo habitual, lo frecuente, lo común a la mayoría.

A partir de estos trabajos, se desarrollan las bases de la “Terapia Sexual”. Los manuales de tratamiento que la psicóloga Helen S. Kaplan publicó en los años 60 y 70, coincidiendo con el período de la “revolución sexual” en América, le dieron un gran impulso.

Progresivamente, con los datos científicos disponibles, ya no se consideraba que las disfunciones o dificultades fuesen atribuidas a algún conflicto sucedido en la infancia de la persona y del cual ella no tenía consciencia; la terapia sexual no tiene como objetivo ni procedimiento de cambio “descubrir” cual ha sido este conflicto. Se aceptó y “normalizó” la idea que la sexualidad es una función natural, una actividad humana con la cual se experimenta placer y satisfacción, y se abandona la consideración que es un acto exclusivamente procreador, o lascivo.

La Terapia Sexual fundamentada en los trabajos de Kinsey, y de Masters y Johnson, y siguiendo el paradigma de las Teorías del Aprendizaje, consideraba las dificultades sexuales como orgánicas, si eran atribuidas a factores médicos o fisiológicos, y psicógenas o funcionales cuando eran atribuidas a “características psicológicas” de la persona o de las condiciones de la actividad y se descartaba ningún tipo de influencia “biológica” en la disfunción. El objeto de la Terápia Sexual durante años ha sido las disfunciones “procógenas”: su etiología se atribuye a una asociación involuntaria pero muy intensa y persistente (“condicionalmente”) entre ansiedad y actividad sexual.

Así, la Terapia Sexual es un procedimiento de tratamiento psicológico especializado, acostumbra a ser una intervención breve y muy estructurada y se centra básicamente en el síntoma concreto. Analiza las características y condiciones en que se da la actividad sexual y el tipo de respuesta de la persona que consulta, identifica cual es la fase que está alterada y tiene como objetivo extinguir la ansiedad y “reeducar” o “reaprender” la respuesta sexual habitual en la persona a través de la práctica de ejercicios muy específicos para cada tipo de dificultad o disfunción.

Hacia finales del siglo XX se definieron las bases biológicas de la mayoría de las funciones humanas: y entre ellas también se identificaron los cambios biológicos asociados a las disfunciones. Se inicia así la que se ha llamado la “era biológica de la terapia sexual, dado que se ha sintetizado diferentes sustancias químicas y fármacos que “corrigen” o “previenen” las dificultades. Esto también ha comportado una mayor precisión y consenso en la definición de “disfunción” para evitar confusiones entre dificultad real y “deseo de rendimiento” sexual según “convenciones diversas” o expectativas poco realistas.

Así, las aproximaciones actuales al tema de las disfunciones ya no tienen en consideración las diferencias entre orgánico-psicológico; se entiende que a pesar de las causas orgánicas bien identificadas y corregidas, pueden coincidir factores más relacionados con la emocionalidad y la sensibilidad o vulnerabilidad ansiosa de cada persona.

Las guías clínicas y de consenso establecen el tratamiento combinado (fármaco + terapia sexual) como la modalidad de elección y la mejor práctica médica. A pesar de que la actividad sexual es una función biológica, siempre hay implicados componentes emocionales, cognitivos (pensamientos, deseos, expectativas) y evidentemente relacionales y culturales (condiciones de vida actuales, estereotipos sociales y sexuales,…). Precisamente por la influencia de todas estas condiciones, en algunos casos, el tratamiento psicológico exclusivamente centrado en la disfunción será insuficiente, por este motivo, ya lo determina el clínico en la evaluación inicial o según el curso de la respuesta al tratamiento.

Dra. Joana Guarch Domènech – Psicóloga Clínica, col.: 4715 (COPC) barnaclínic+ y Hospital Clínic; mtr. 87026

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Comentarios (2)

  1. Davids

    Muy interesante.

  2. psicologos infantiless

    Yo no estoy en linea con lo aqui comentado, pienso sinceramente que hay muchos elementos que no han podido ser considerados en cuenta. Pero valoro mucho vuestra exposicion, es un buen post.
    Saludos

    psicologos infantiles http://www.carmenfernandezpsicologa.es/ninos.html

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